El jardinero ahogó un grito, pataleando, sus manos se aferraban inútiles a las muñecas de Alonzo. Giuseppe dio un paso atrás, sorprendido por la reacción.
—¡Alonzo! —gritó Dante, alzando la voz con una mezcla de autoridad y desconcierto —. ¿Qué diablos está pasando?
Alonzo se giró apenas lo necesario, sin soltar al hombre que forcejeaba por respirar. Su voz fue un látigo cargado de desprecio.
—Este perro es un maldito sapo —escupió—. ¡Y créeme, Dante, Vittorio no vino a hacer ninguna tregua! Vi