Antonio llevaba un traje oscuro perfectamente entallado, sin corbata, la camisa blanca desabrochada en el cuello.
Fumaba un puro grueso, sostenido descuidadamente entre los dedos, mientras la miraba con una expresión de satisfecho desprecio.
Cuando sus ojos se encontraron, Aurora sintió que toda la rabia, el odio y el asco acumulados durante aquellos días explotaban dentro de ella como dinamita.
Antonio sonrió con lenta crueldad, expulsando una bocanada de humo que se arremolinaba entre ellos.