El aire olía a pólvora y asfalto caliente mientras la camioneta de Dante zizageaba peligrosamente, con uno de los neumáticos traseros reventado por el disparo de Ulises. A pesar de los intentos de Héctor por controlar el vehículo, la pérdida de estabilidad era evidente, y la persecución estaba llegando a un punto crítico.
—¡No puedo mantenerla! Don Dante —gruñó Héctor, apretando los dientes mientras forcejeaba con el volante.
Dante, desde el asiento trasero, observaba por el espejo lateral cómo