La noche se sentía más pesada que nunca, cargada de adrenalina y tensión. El aire estaba saturado de peligro mientras Aurora, con las piernas temblorosas, abría lentamente la puerta de la camioneta. El ruido de los disparos se había desvanecido por un momento, dejando un silencio espeso que le oprimía el pecho. Cada paso que daba fuera del vehículo parecía un paso más hacia el abismo.
Ulises, de pie junto a su grupo, entrecerró los ojos al verla bajar. Su mirada se volvió oscura, hambrienta. De