Antonio bajó las escaleras a paso tranquilo, como quien baja a recibir una visita esperada. Al llegar a la sala, se detuvo un momento en el umbral, observando la escena.Aurora aún estaba frente a Francesco, sus manos entrelazadas, su mirada suplicante.Antonio entrecerró los ojos.Ella había cambiado, no había duda. Había fuego en su espíritu, una determinación que la hacía brillar. Pero también era vulnerable. Y Antonio sabía exactamente cómo jugar con esas grietas.Entró en la sala, sus pasos resonando con autoridad.Aurora levantó la cabeza al oírlo. Su cuerpo se tensó de inmediato, sus instintos alertándola.Francesco también giró, frunciendo el ceño.—Antonio —dijo con una mezcla de sorpresa y desconfianza —. ¿Qué haces aquí?Antonio sonrió ampliamente.—Vittorio no está, querido amigo —dijo en tono ligero—. Me pareció oportuno ocupar su lugar en su ausencia.Aurora dio un paso atrás, sintiendo el peligro palpitar en el aire.Antonio la miró con una sonrisa que no alcanzaba sus
Antonio sonrió cínicamente mientras contemplaba la escena frente a él. El destello de una decisión peligrosa cruzó sus ojos. Con un movimiento lento y calculado, sacó su propia arma, apuntándole directamente al pecho de Francesco.Aurora sintió que el corazón se le detenía. Dio un paso hacia adelante, levantando las manos en un gesto desesperado.—¡Basta, Antonio! —gritó, su voz quebrada por el miedo y la desesperación.Antonio ladeó la cabeza, como si considerara sus palabras, y le dedicó una sonrisa aún más cruel.—Claro que sí, basta —dijo con una calma perturbadora—. Pero tú vienes conmigo.Sin bajar el arma, comenzó a caminar hacia ella. Aurora retrocedió instintivamente, pero antes de que Antonio pudiera acercarse más, Francesco se interpuso entre ellos, erguido como un muro humano, desafiante a pesar de su edad.De inmediato, los cinco hombres que rodeaban el salón volvieron a levantar sus armas, apuntando a Francesco y a Aurora. El ambiente se tornó más denso, más irrespirable
Aurora retrocedió un paso, apretando con fuerza el arma descargada, negándose a soltarla aún sabiendo que no le serviría de nada. Antonio ladeó la cabeza, su mirada oscura recorriéndola con una mezcla de burla y posesividad.—Te ves preciosa cuando tienes miedo —murmuró, su voz ronca y venenosa.Antes de que Aurora pudiera decir algo, antes siquiera de que pudiera pensar en escapar, Antonio levantó su mano con brutalidad y le cruzó el rostro con un golpe seco y violento.El impacto fue brutal. La cabeza de Aurora giró hacia un costado por la fuerza del golpe, y su cuerpo, frágil en comparación con el de él, perdió el equilibrio. Cayó al suelo, aturdida, con un hilo de sangre corriéndole por la comisura de los labios.El mundo pareció ralentizarse. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos mientras intentaba parpadear para enfocar la vista.Antonio se agachó junto a ella, sujetándola brutalmente por el brazo.—Ya te lo dije, muñeca —gruñó, acercándose a su oído—. Tú vienes conm
Dante se despertó con una extraña sensación de vacío. Instintivamente extendió el brazo buscando a Aurora, pero sólo encontró las sábanas frías. Su cuerpo se tensó de inmediato. Abrió los ojos, parpadeando contra la luz tenue que se filtraba por las cortinas.—Aurora… —murmuró—. Aurora ¿En dónde estás?Se incorporó en la cama, su respiración acelerándose. Algo no estaba bien. Se levantó, el corazón golpeándole fuerte contra las costillas, y apenas dio un paso, su mirada captó el pequeño papel sobre la almohada.Lo tomó con manos temblorosas y leyó. Temiendo lo peor, temiendo en que todo hubiera sido un sueño y en verdad ella se hubiera alejado de él... se hubiese ido lejos. "No voy a permitir que mi abuelo haga lo que no debe. Yo lo solucionaré. Confía en mí."La nota temblaba entre sus dedos. Su primer impulso fue maldecir, golpear algo, gritar su nombre. Pero se obligó a controlar la furia que le nublaba la mente. Respiró hondo. Pensó. Analizó.Aurora era impulsiva cuando se tratab
Dante miró la escena y lo peor pasó por su cabeza, lo peor al imaginar a Aurora. —¡Mierda! —rugió Dante, corriendo hacia él.Se arrodilló junto a Francesco, con las rodillas deslizándose sobre el suelo manchado de rojo, y de inmediato presionó dos dedos contra el cuello del hombre, buscando un pulso que tardó demasiado en llegar. Estaba débil, casi imperceptible, pero aún latía.Dante iba a levantarlo, pero en ese momento la mano temblorosa de Francesco se aferró a su brazo con una fuerza desesperada, casi animal. Los ojos del viejo se entreabrieron apenas, brillando con una mezcla de dolor y súplica.—Antonio... se llevó... a mi niña... —murmuró con voz rota, casi sin aliento—. Búscala... tráela... tráela de nuevo a mí...Dante apretó los dientes, luchando contra el torbellino de furia que le atravesó el pecho como un cuchillo. Asintió, aun sabiendo que Francesco quizá ya no lo veía.—Lo juro —susurró entre dientes, con el corazón ardiendo.Levantó la mirada y lo que vio terminó de
Dante no tuvo que esperar mucho. Apenas habían pasado diez minutos cuando escuchó el sonido de pasos firmes, seguros, acercándose por el pasillo de urgencias. Se volvió despacio, con una expresión de acero en el rostro.Vittorio.El hombre avanzaba rodeado de dos de sus propios escoltas, su porte impecable a pesar del caos. Traje oscuro, cabello peinado hacia atrás, mirada helada. Como si la gravedad de la situación no fuera suficiente para doblegar su arrogancia.Se detuvo a pocos metros de Dante, y durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Era como si el hospital entero contuviera el aliento ante el choque de dos tormentas.Finalmente, fue Vittorio quien rompió el silencio.—¿Qué demonios hiciste, Dante? La voz era baja, venenosa. Dante entrecerró los ojos, cruzando los brazos sobre su pecho ensangrentado.—Yo no disparé contra Francesco —respondió con calma asesina—. Si quisiera matarlo, estaría muerto.Vittorio dio un paso adelante, el ceño fruncido.—Mis hombres dicen que
Antonio caminaba por el pasillo del club, sus zapatos brillantes resonando con eco en el suelo de mármol negro. Con su presencia imponente mostrando autoridad y control de todo. Las personas a su alrededor bajaban la cabeza haciendo una venia en simbolo de respeto. En su rostro, una sonrisa divertida se dibujaba con descaro, como si todo el mundo le perteneciera. El humo de los cigarros y el perfume barato impregnaban el ambiente, mientras risas apagadas y música de bajos retumbantes acompañaban su paso triunfal.Detuvo su marcha frente a un salón privado, donde un par de guardaespaldas aguardaban rígidos como estatuas. Giró apenas la cabeza, sin perder la sonrisa, y llamó a su nuevo hombre de confianza, Mateo.—Ven aquí —ordenó con voz seca, autoritaria.Mateo, un hombre de complexión fuerte, barba de tres días y mirada fría, se acercó de inmediato, inclinando la cabeza ligeramente en señal de respeto.—¿Sí, señor? —respondió, firme.Antonio le sostuvo la mirada, casi divertido.—Qu
Antonio llevaba un traje oscuro perfectamente entallado, sin corbata, la camisa blanca desabrochada en el cuello. Fumaba un puro grueso, sostenido descuidadamente entre los dedos, mientras la miraba con una expresión de satisfecho desprecio.Cuando sus ojos se encontraron, Aurora sintió que toda la rabia, el odio y el asco acumulados durante aquellos días explotaban dentro de ella como dinamita.Antonio sonrió con lenta crueldad, expulsando una bocanada de humo que se arremolinaba entre ellos.—Vaya, vaya —murmuró, su voz grave y burlesca —. Mira quién finalmente ha llegado. La princesa... convertida en prisionera.Aurora apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Avanzó dos pasos, manteniendo la cabeza erguida, sin dejar que el miedo le ganara terreno.Antonio dejó el puro en un cenicero de cristal y dio un paso hacia ella, deteniéndose apenas a un metro.La miró de arriba abajo, evaluándola como quien examina un objeto caro antes de comprarlo.—Estás incluso