Antonio bajó las escaleras a paso tranquilo, como quien baja a recibir una visita esperada. Al llegar a la sala, se detuvo un momento en el umbral, observando la escena.
Aurora aún estaba frente a Francesco, sus manos entrelazadas, su mirada suplicante.
Antonio entrecerró los ojos.
Ella había cambiado, no había duda. Había fuego en su espíritu, una determinación que la hacía brillar. Pero también era vulnerable. Y Antonio sabía exactamente cómo jugar con esas grietas.
Entró en la sala, sus paso