La noche se tragaba el bosque con su aliento gélido. El crujido de las ramas bajo sus botas y el latido ensordecedor en sus oídos eran lo único que Dante oía mientras avanzaba, la arma en mano, entre árboles retorcidos como garras. Detrás, en otro camino, Alonzo se había separado para cubrir más terreno.
—¡Vittorio! —gritó Dante con la voz rota por la rabia—. ¡Sal de tu escondite, cobarde!!
Un susurro. Un movimiento entre los troncos. El crujido de hojas pisadas. Dante giró de golpe. Lo vio.
A