El viento golpeaba las hojas de los árboles con una furia extraña, como si el bosque que rodeaba la mansión de Dante también presintiera lo que estaba por ocurrir. A lo lejos, el motor encendido de una camioneta negra rugía bajo la tensión del momento. Vittorio sostenía con fuerza el volante, con los nudillos blancos, los ojos clavados en la imponente entrada de hierro forjado.
La puerta lateral del vehículo se abrió de golpe.
Antonio, con la camisa manchada de sangre seca y el rostro descompue