LORENA
El sonido de las olas rompiendo contra los pilares de nuestra cabaña en las Maldivas es el único despertador que mi cuerpo está dispuesto a aceptar. No hay alarmas, no hay llantos de bebé a las tres de la mañana, no hay llamadas urgentes de la constructora.
Solo el murmullo del Índico y el calor de la piel de Max contra la mía.
Abro los ojos lentamente. El sol se filtra a través de las cortinas de lino blanco, dibujando patrones de luz líquida sobre la cama king size. Por primera vez en