Cuando Isabella abrió los ojos, lo primero que sintió fue un frío extraño en la habitación.
El aire olía a hierbas medicinales y a ceniza húmeda, como si alguien hubiera quemado incienso.
Tardó varios segundos en darse cuenta de dónde estaba, y más aún en reconocer que el peso en su pecho no era solo físico, sino emocional.
Se giró lentamente, aun con la vista nublada, y descubrió la silueta de un hombre sentado a su lado.
Su respiración se aceleró de inmediato; por un instante pensó que era Kae