Kaen sonrió con esa calma que solo tienen los que ya han peleado y saben que la tormenta quedó atrás.
Sus ojos buscaron a Isabella entre la multitud y, cuando la encontró, su expresión se volvió más cálida; con paso seguro se acercó a ella.
—¡Isabella, gané! —dijo, la voz ronca por la emoción contenida.
Ella no pronunció palabras: se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza, como si en ese abrazo guardaran el tiempo que les habían robado.
Él la estrechó contra su pecho, y por un instante el mun