Isabella temblaba como una hoja atrapada en el viento. El miedo le atravesaba el pecho con garras invisibles, quemándole los huesos y estrangulándole el aliento. No quería, no podía, aceptar la posibilidad de que Kaen muriera.
La sola idea era insoportable.
Su corazón humano sufría, pero no era solo ella: su loba interior, la bestia que compartía su alma, aullaba desgarrada, llena de rabia y tristeza. Era un lamento que resonaba en lo más profundo de su ser, como un eco interminable que le recor