La noche era fría, pero la humedad del bosque se pegaba a la piel como si quisiera devorar cada respiro.
Isabella y Kaen llegaron por fin a la cueva.
Él fue el primero en entrar, con pasos firmes, el instinto de guerrero en alerta.
Sus ojos recorrieron cada rincón oscuro, atento a cualquier movimiento. No había nadie. Solo silencio, apenas roto por el rugido lejano de la tormenta que se avecinaba.
—Está despejado —murmuró, y la condujo adentro.
La oscuridad los envolvió de inmediato, apenas rota