Isabella abrió los ojos lentamente al sentir unas manos firmes que intentaban moverla.
Su cuerpo reaccionó con un estremecimiento, como si despertara de un sueño incómodo.
—¿Dónde estamos? —preguntó en un susurro, con una voz que fingía fragilidad, reforzando el papel que había jurado sostener: el de la esposa ciega.
Kaen, con su porte rígido, observó el lugar antes de contestar.
—Llegamos a la cabaña donde nos enviaron.
Ella asintió en silencio.
—¿Es un buen lugar? —preguntó con una ingenuidad