Kaen estaba afuera, arrodillado en medio del frío, con las rodillas hundidas en el barro y las manos apretadas contra la tierra húmeda.
El aire olía a tormenta, a furia contenida y a despedida. Su respiración era un temblor. Había esperado horas… tal vez días, no lo sabía.
El tiempo había dejado de tener sentido desde que Isabella le cerró las puertas del castillo y del corazón.
Cuando los guardias finalmente le permitieron entrar, sintió que el alma le regresaba al cuerpo, pero también un peso