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Al otro día, Martha miró de forma curiosa a Sofía, casi burlesca, cuando bajó al comedor, tratando de no levantar demasiado la comisura de sus labios y formar la gran sonrisa que tenía escondida. Tal vez a la mala, su hija podría aprender que no debía desobedecer sus órdenes.
Actuó como si nada hubiera pasado; para ella no existía la empatía. Si su hija había sufrido, era porque en verdad se lo merecía y Sofía ni siquiera tenía idea de que ella había sido la persona que le dijo a Fernando sobre