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—Lo sabía... mis instintos no podían mentirme. Pero el maldito amor me cegó y no lo tomé en cuenta. —Fernando apretó los dientes mientras los recuerdos de sus dudas lo invadían. En un arranque de furia, arrojó la cristalería sobre la mesa de centro, haciendo que Eliza se sobresaltara. El ruido del vidrio rompiéndose llenó la habitación, una expresión física del caos en su interior.
Agotado, Fernando se dejó caer de nuevo en el sofá, sujetando su cabeza con ambas manos. Recordó todas las veces q