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—¿Por qué no dijiste la verdad? —le reclamó con desesperación, sus lágrimas cayendo con más fuerza—. Te lo supliqué, Hugo. Pero claro, entiendo que esto era lo que querías desde el principio, ¿no es así? Ahora debes estar feliz. Has logrado tu cometido.
—Sofía, no... Yo solo... —Hugo balbuceó, pero no sabía cómo justificar lo injustificable.
—Solo te diré algo, Hugo. —La voz de Sofía se quebró, pero sus palabras fueron firmes como el acero—. Nada de lo que hagas, por mucho que creas haber ganad