La noche había caído por completo sobre la jungla, transformándola en un reino de sombras y sonidos desconocidos. La oscuridad era casi absoluta, rota solo por el brillo intermitente de insectos bioluminiscentes y el resplandor lejano de dos lunas que comenzaban a asomarse entre las copas de los árboles. Elizabet caminaba pegada a Darius, su hombro rozando el brazo de él. El miedo que debería haber sentido estaba ausente, reemplazado por una extraña sensación de pertenencia. Él era su única luz