Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl amanecer llegó frío y silencioso. Darius despertó a Elizabet no con una caricia, sino con un toque firme en el hombro. Sus ojos azules ya no contenían la suavidad de la noche anterior; eran los ojos gélidos y alerta de un guerrero preparándose para la batalla. La intimidad de la cueva se había disipado, reemplazada por la cruda realidad de la misión que tenían por delante.
Comieron en silencio, un último desayuno de carne seca en el refugio que se había convertido en su santuario. E







