La lluvia caĂa con un ritmo constante sobre los tejados de piedra del refugio. Era una noche gris, sin luna, y cada gota parecĂa traer consigo un recuerdo o un susurro del pasado. Eira estaba sentada en el umbral de la vieja cabaña que alguna vez perteneciĂł al sanador del norte. En sus manos sostenĂa un pequeño cuaderno empapado: las notas del alfa caĂdo que alguna vez tratĂł de romper la maldiciĂłn que aĂșn pesaba sobre ellos.
Desde el bosque, Aidan regresaba con el paso firme pero la mirada au