El eco de las palabras pronunciadas en el claro todavĂa vibraba en el aire cuando Eira y Aidan llegaron a la sede del Consejo. La vieja cĂşpula de piedra, tallada con runas antiguas y enredada de musgo vivo, parecĂa observarlos con ojos centenarios. Nunca antes se habĂa sentido tan opresiva, tan viva… como si las paredes mismas escucharan y juzgaran.
Eira caminĂł al lado de Aidan sin decir una palabra, aunque su mano seguĂa apretada contra la de Ă©l, firme, como si al sostenerlo tambiĂ©n pudiera co