El SUV negro con vidrios polarizados se detuvo frente a un edificio imponente en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Valeria miró hacia arriba, intentando contar los pisos, pero la altura la mareó. O quizás eran las náuseas matutinas que no la habían abandonado.
—¿Aquí? —preguntó, su voz cargada de incredulidad.
—Piso veinte —respondió Aleksandr, saliendo del vehículo y rodeándolo para abrirle la puerta—. Todo el piso es nuestro.
Nuestro. Esa palabra resonó en su cabeza como una senten