El despertador marcaba las seis de la mañana cuando Valeria abrió los ojos por cuarta vez esa noche. El sueño se había convertido en un lujo inalcanzable desde hacía días. Se incorporó lentamente, sintiendo cómo su estómago protestaba ante el simple movimiento. La náusea llegó como una ola implacable.
Corrió al baño y se arrodilló frente al inodoro, vaciando el poco contenido que quedaba en su estómago. Las arcadas continuaron incluso cuando ya no había nada que expulsar. Se apoyó contra la pare