El cielo amaneció cubierto por un manto gris plomizo que presagiaba tormenta. Aleksandr contemplaba la ciudad desde el ventanal de su despacho en el apartamento del piso veinte, con un vaso de whisky en la mano a pesar de la hora temprana. El líquido ámbar apenas había sido tocado; su mente estaba demasiado ocupada procesando la información que acababa de recibir.
El teléfono sobre su escritorio seguía encendido, mostrando el mensaje cifrado que había llegado hacía apenas veinte minutos. Uno de