La mansión al norte de la ciudad permanecía en silencio, ajena al caos que consumía las calles. Mientras el humo negro se elevaba hacia el cielo nocturno y las sirenas aullaban como lobos heridos, Viktor Sokolov observaba las noticias en su estudio privado, una copa de vodka en su mano y una sonrisa apenas perceptible curvando sus labios.
En la pantalla, helicópteros de noticias capturaban el infierno que Iván Petrov había desatado. Tres clubes ardiendo. Almacenes destruidos. El puerto bloquead