El dolor había cesado finalmente.
Valeria yacía en una cama que olía a humedad y desinfectante, mirando el techo manchado de la habitación donde Iván la mantenía prisionera. El médico —un hombre mayor con manos temblorosas y ojos que se negaban a encontrar los suyos— le había inyectado algo que calmó las contracciones. Por ahora.
—El bebé está bien —había murmurado antes de salir—. Pero otro episodio como ese...
No había terminado la frase. No había necesitado hacerlo.
Valeria acarició su vient