La noche se cernía sobre el viejo complejo industrial como un manto de complicidad. El silencio era apenas interrumpido por el distante sonido de las olas rompiendo contra el muelle abandonado. Aleksandr Volkov, inmóvil en la oscuridad, observaba el edificio donde su enemigo mantenía cautiva a Valeria. Sus ojos, fríos como el hielo siberiano, escaneaban cada ventana, cada puerta, cada posible punto de entrada y salida.
—Tenemos confirmación visual de doce hombres armados en el perímetro —informó