La visión comenzó a resquebrajarse como un vidrio sometido a una presión excesiva. La claridad blanca fue devorada nuevamente por la oscuridad de la noche de la costa, y la velocidad de la caída regresó con toda su violencia geométrica. El silbido del viento perforó sus oídos, y el olor a sal se volvió tan denso que Sia tuvo que cerrar los ojos para protegerse del azote del aire.
Sin embargo, el peligro real no provenía únicamente de la altura del acantilado. En la cornisa superior, Caspian se