La verdadera compañera y la marca

El sonido del cerrojo al salir Caspian fue la señal del giro definitivo de su vida. Sia quedó atrapada bajo el cuerpo de Valerius, que se sentía como una montaña de carne y calor sofocante. El Alfa no se movía, pero su respiración era un silbido áspero que golpeaba el cuello de la joven. Ella sentía el latido desbocado del corazón de él contra su propio pecho, un ritmo salvaje que no guardaba ninguna relación con la calma que un hombre debía tener. Caspian los había encerrado en esa jaula de seda y mármol, y Sia supo, con una amargura que le quemaba la garganta, que no había escapatoria. El dinero para el hospital de su madre tenía un precio, y ese precio estaba sobre ella, apretándola contra el colchón.

De pronto, Valerius soltó un gruñido. No fue un sonido humano. Fue una vibración que nació en lo profundo de su tórax y sacudió los huesos de Sia. El hombre levantó la cabeza. Sus ojos ya no proyectaban la mirada de un líder, sino que eran dos esferas de color ámbar eléctrico con un brillo insoportable. Él no veía a la mujer que tenía debajo, no veía su ropa humilde ni su estatura menor. Para él, en ese estado de embriaguez química, ella era solo un aroma. Un aroma que lo volvía loco, que lo obligaba a ignorar cada rastro de su educación y su rango.

—Hueles a lluvia —susurró Valerius. Su voz era una caricia ronca y peligrosa—. Hueles a todo lo que siempre quise y nunca encontré en esos salones llenos de basura.

Sia sintió que el aire le faltaba. Ella intentó girar el rostro, pero Valerius la sujetó de las muñecas con una fuerza que le recordó lo pequeña que era a su lado y la oblligó a mirarlo. Él no usaba su fuerza de manera consciente, era solo el impulso de un hombre que necesitaba reclamar lo que creía suyo.

—Usted no sabe lo que hace —alcanzó a decir Sia. El sarcasmo, su única defensa, brotó de sus labios como un mecanismo de defensa—. Si supiera quién soy, me arrojaría a los perros. Soy una paria, Alfa. Soy la nada que usted despreciaría en cualquiera otro lugar y momento.

Sia estuvo a punto de escupirle lo que sabía, la droga que corría por su cuerpo lo hacía divagar.

Valerius soltó una risa seca, un sonido desprovisto de alegría. Él bajó el rostro y enterró la nariz en el hueco del hombro de ella, aspirando su aroma con una desesperación que rozaba la agonía.

—No me importa tu nombre —gruñó él contra su piel—. No me importa de dónde vienes. Mi lobo... Fenris... él te reconoce. Él dice que eres tú.

Sia se quedó helada. La mención de Fenris, el espíritu interno que solo los Alfas de sangre pura lograban dominar, la llenó de un terror nuevo. Que esa bestia mística la aceptara a ella era una broma pesada del destino. Ella cerró los ojos y visualizó el pasillo del hospital, el rostro pálido de su madre y la medicina que nunca llegó a su destino y que serviría para generar el dinero que el doctor estaba esperando. El remordimiento la golpeó con fuerza. Contrario a lo que planificó, estaba allí, vendiendo su integridad al hombre que encarnaba todo lo que ella odiaba del sistema de manadas. Pero no había vuelta atrás. Caspian lo había dejado claro: o era la Luna de mentira de este hombre, o era un cadáver.

—Entonces hágalo —dijo Sia, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Reclame lo que su instinto le pide. Pero no espere que yo le dé mi alma. Quédese con lo que su lobo le ofrece.

A él poco le importaban sus palabras. Valerius no respondió, no con palabras. Sus manos recorrieron el cuerpo de la joven con una urgencia que no permitía objeciones. Él estaba completamente poseído por la sustancia que Caspian le había suministrado. Cada centímetro de piel que tocaba parecía encender un fuego nuevo en su interior. Para él, Sia era la perfección absoluta en ese momento. No había defectos, no había falta de linaje. Solo existía esa necesidad irracional de marcarla, de sellar ese vínculo que sus sentidos le gritaban que era real.

Sia sintió el peso de la traición hacia sí misma. Ella, que siempre se jactó de su independencia, estaba allí, permitiendo que un extraño la tomara por una deuda que no era suya. El calor en la habitación se volvió denso, casi sólido. Valerius la obligó a darse la vuelta sobre la seda negra, exponiendo su espalda. En ese movimiento, la camisa de seda del Alfa se abrió, revelando su espalda ancha y musculosa.

Sia, con los ojos empañados por las lágrimas de rabia y miedo, vio algo que le detuvo el corazón. En el centro de la espalda de Valerius, justo debajo de la nuca, había una marca de nacimiento: una pequeña mancha con la forma de un colmillo entrelazado con una flor de lis. Era una marca que su madre le había descrito en las historias que le contaba sobre los Alfas supremos. Una marca que, según la tradición, solo la verdadera compañera del Alfa debía ver y reconocer.

—¡Es imposible! —susurró Sia para sí misma.

El destino no podía ser tan cruel. No podía unirla a ese hombre prepotente mediante una señal tan sagrada, y menos en un momento tan decepcionante, siendo cómplice de una traición. Pero ahí estaba. La marca brillaba bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Valerius, ajeno al descubrimiento de la joven, la sujetó de nuevo. Él no razonaba. Él solo sentía la llamada de la sangre. La droga de Caspian contenía un ingrediente que Sia desconocía, algo que no solo nublaba el juicio, sino que aceleraba los procesos naturales de su especie. La concepción en los lobos solía ser un proceso místico y lento, pero bajo ese influjo químico, todo se volvía inmediato y violento.

El encuentro fue una colisión de dos mundos opuestos. Valerius era la tormenta, una fuerza de la naturaleza que no pedía permiso. Sia era la roca que recibía el impacto, intentando mantener su mente lejos de lo que su cuerpo experimentaba. El Alfa buscaba su cuello con una insistencia febril. Su boca recorría la piel de ella con una devoción que parecía real, aunque Sia supiera que era una mentira inducida, aunque ella supiera que este solo será el comienzo del fin de su vida.

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