Las maderas de la cubierta superior cedieron con un estrépito sordo bajo las botas de los soldados de la Manada de Hierro. La bruma de la costa, espesa y cargada de hollín por los incendios, redujo el espacio visual a unos pocos metros de distancia. Valerius plantó su cuerpo delante de Sia, con el sable en alto y el torso desnudo cubierto de hollín, agua salada y la sangre carmesí que brotaba de la línea que el oficial enemigo le abrió en las costillas. A su espalda, la joven paria soltó un gem