Mundo ficciónIniciar sesión—Eres mía —repetía Valerius entre jadeos—. Toda mía.
Sia sentía que su propia voluntad se desmoronaba. La intensidad del contacto físico, sumada al poder que emanaba del Alfa, la envolvía en una bruma de sensaciones que odiaba sentir. No quería disfrutar nada de esto. No quería que su cuerpo respondiera al hombre que al despertar de ese efecto la llamaría paria. Pero la marca en su espalda y la presión del destino eran más fuertes que su orgullo. El tiempo en la habitación perdió su significado. Podían haber pasado minutos u horas. Valerius no se detenía. Su deseo parecía alimentarse de sí mismo, creciendo con cada caricia, con cada gemido de resistencia que Sia soltaba. Para él, ella era el trofeo final, la recompensa por todas las mujeres vacías que había rechazado esa noche. Ella tenía una chispa, una resistencia que lo volvía loco de necesidad. El aire en la habitación se volvía cada vez más denso, cargado con el aroma a bosque y tormenta que emanaba de la piel de Valerius. Él la mantenía inmovilizada, sus dedos enterrados en la seda negra de las sábanas, mientras su respiración se volvía un gruñido rítmico que vibraba contra la clavícula de Sia. El Alfa no razonaba; solo respondía a la pulsación de la droga y al dictado de Fenris, su lobo interno, que reclamaba su derecho de propiedad. Valerius bajó el rostro, buscando el punto exacto donde la vida latía con fuerza en el cuello de la joven. Sia apretó los puños, cerrando los ojos mientras sentía el calor abrasador de los labios de él recorriendo su piel. No hubo palabras de consuelo, solo la cruda manifestación de un instinto que no conocía la piedad. De repente, Valerius abrió la boca y hundió sus dientes en la unión del hombro y el cuello de Sia. Ella soltó un grito ahogado que se perdió contra el pecho del Alfa. No fue solo el dolor físico de la mordida; fue la sensación de una invasión total. Sia sintió cómo la energía de Valerius fluía hacia su interior, una corriente eléctrica y pesada que reclamaba cada una de sus células. El vínculo se selló con un destello de calor que nació en el vientre de Sia y se extendió por toda su columna. Valerius no se detuvo, succionando la marca para asegurar que su esencia quedara grabada para siempre en la carne de la paria. En ese instante, Sia supo que ya no se pertenecía a sí misma; la marca del Alfa brillaba ahora en su piel, roja y palpitante, como una cadena invisible que la ataba al hombre que la poseía en medio de una locura química. Valerius se apartó apenas unos milímetros, contemplando su obra con una mirada dorada y vacía, mientras el destino terminaba de anudar sus vidas bajo la mirada indiferente de la luna. Mientras tanto, Sia sintió una punzada de dolor en su vientre, un calor que se expandió por sus venas como si le inyectaran metal fundido. Era el vínculo. Podía sentirlo formándose, una cadena invisible que la ataba al hombre que la oprimía con su cuerpo. Ella lloró en silencio, hundiendo el rostro en la almohada de seda. Se sentía sucia, pero al mismo tiempo, en lo más profundo de su ser gritaba que ese era su lugar. El remordimiento por su madre se mezcló con la confusión de sus propios sentidos. Valerius se detuvo un instante. Sus manos temblaban mientras sostenía el rostro de Sia. Él la miró a los ojos, y por un segundo, la bruma de la droga pareció permitir que un fragmento de su verdadera alma se asomara. No era una mirada de amor, sino de un reconocimiento profundo y aterrador. Él vio el dolor de ella, vio su valentía y su fragilidad. Pero el químico volvió a atacar, borrando cualquier rastro de piedad. Él la reclamó una última vez con una intensidad que hizo que Sia viera luces blancas ante sus ojos. El vínculo se completó con un estallido de energía que pareció vaciar a ambos de toda voluntad. Valerius se desplomó sobre ella, enterrando el rostro en su cuello. Su respiración comenzó a estabilizarse, pero su mente seguía atrapada en el delirio. Sia sentía que su conciencia se alejaba. El esfuerzo físico y la carga emocional del vínculo sobrenatural eran demasiado para ella. El calor en su vientre se transformó en un latido constante, una señal de que la trampa de Caspian había funcionado a la perfección. La vida ya estaba echando raíces en su interior, una vida que nacería del odio, de la droga y del orgullo herido. Valerius se movió ligeramente. Él no sabía quién era ella. No recordaba su rostro de los momentos previos en el salón. En su mente, ella era una presencia eterna, alguien que siempre debió estar allí. Él se acercó a su oído, con los labios rozando el lóbulo de la oreja de la joven. Sia, en su último aliento de lucidez, esperó que él dijera algo, cualquier cosa que justificara ese horror. —Lydia... —susurró Valerius. El nombre cayó como un cubo de agua helada sobre el corazón de Sia. No era su nombre. No era el nombre de ninguna de las mujeres que él había rechazado. Era el nombre de alguien más, alguien que Valerius guardaba en un rincón oscuro de su memoria. Sia cerró los ojos por última vez antes de que la inconsciencia la envolviera. El nombre de otra mujer fue lo último que escuchó, la confirmación definitiva de que para el Alfa, ella no era más que un cuerpo, una herramienta del destino. Su último pensamiento fue para su madre, esperando que, en algún lugar de la ciudad, ella pudiera perdonarla por lo que acababa de hacer. El silencio regresó a la habitación, y solo el eco del susurro de Valerius que seguía flotando en el aire cargado de vainilla y sangre, alteraba ese momento. El Alfa también cayó en un sueño profundo al lado de la mujer que acababa de marcar, sin tener idea de que acababa de destruir su propia vida y la de ella para siempre. El vínculo estaba sellado, el heredero estaba en camino, y el suspenso de lo que vendría al amanecer quedó flotando en la penumbra de la alcoba cerrada bajo llave.






