La lluvia de agua salada que salpicaba desde la brecha del casco empapó el rostro de Sia, limpiando las líneas de hollín pero dejando al descubierto la palidez extrema de su rostro. Otra contracción, más violenta que las anteriores, obligó a la joven paria a arquear la columna sobre las maderas ensangrentadas de la cubierta. Su mano pequeña, temblorosa y desprovista de calor, buscó la pierna de Valerius, aferrándose al cuero de su bota con una desesperación que anulaba cualquier rastro de su ha