El agua de mar continuó ascendiendo por la cubierta inclinada, pero el movimiento del mundo pareció detenerse bajo el influjo del recién nacido. Las gotas de lluvia y los hilos de humo negro quedaron suspendidos en el espacio. Valerius presionó con más fuerza sus dedos contra la base del cuello de Sia, justo sobre la marca de sus colmillos que aún desprendía un flujo esmeralda muy tenue. La epidermis de Sia perdió los últimos vestigios del calor místico que la había consumido minutos atrás, ado