La subasta de las Lunas II

—No, por favor —dijo Sia, aunque no entendía bien las intenciones de Caspian sus lágrimas mancharon sus mejillas sucias—. No soy nada para él, ni para usted. Soy una mancha en su mundo. Déjeme ir, se lo ruego por lo que más quiera. Mi madre...

En ese momento, el teléfono que Sia llevaba en el bolsillo vibró. Era una llamada del hospital. Caspian, con una agilidad malvada, le quitó el aparato y contestó. Puso el altavoz justo frente al rostro de la joven.

—¿Sia? —la voz de una enfermera sonó agitada, entrecortada por el ruido de máquinas de fondo—. Tu madre acaba de colapsar. Los monitores se apagaron. Tienes que venir ahora si quieres despedirte. No nos queda tiempo.

—¡Mamá! —gritó Sia, intentando soltarse de Caspian con una fuerza que nació de su alma—. ¡Tengo que irme! ¡Por favor, déjeme ir! ¡Mamá me necesita!

Caspian apagó el teléfono con un clic seco y lo guardó en su chaqueta, eliminando el último vínculo de Sia con su realidad.

—Tu madre ya no te necesita, Sia —murmuró Caspian inclinándose para dejar su rostro a pocos centímetros del de ella—. Ahora sirves a un propósito mayor. Vas a ser la lección de humildad que mi hermano nunca olvidará.

—¡No, por favor! Mi madre me espera —dijo desesperada, pero el hombre que le dobladba en estatura era más fornido y decidido que ella.

Caspian la arrastró hacia los pasillos interiores que conducían a los aposentos privados de Valerius. Ella luchó, pateó la piedra y lloró hasta que su garganta ardió, pero sus esfuerzos fueron inútiles contra la potencia física del lobo. Caspian la empujó a través de una puerta secreta que daba a una habitación sumergida en una penumbra pesada, cargada con el aroma a cuero y poder.

—Quédate aquí y no hagas ruido —le ordenó Caspian, su voz era un látigo—. Si intentas salir, los perros de la guardia te comerán antes de que cruces el patio. Hoy vas a conocer lo que es la verdadera subasta. Has lo que estás destinada y tu madre recibirá lo que sea necesite para salvar su despreciable vida.

Sia cayó sobre una alfombra gruesa, el impacto fue sordo. Se quedó en la oscuridad, escuchando sus propios sollozos, sintiendo que el mundo se le había caído encima. El dolor por su madre la consumía por dentro, una angustia que le impedía pensar. Se sentía pequeña, no por su estatura, sino por la forma en que ese hombre la habían reducido a nada en cuestión de minutos.

Mientras tanto, Valerius entró en su biblioteca privada El lugar estaba lleno de libros que nunca leía y trofeos de caza que ya no le daban orgullo. Se sentía inquieto, sin razón experimentó una agitación que le subía por la columna. Su lobo interno no dejaba de gruñir, pero él lo atribuyó al tedio de la subasta fallida. Se sirvió una copa de licor de ámbar, buscando calmar el fuego que sentía en la sangre. No sospechaba nada de su hermano; para él, Caspian era solo una sombra útil. Un hombre a quien no debía poner cuidado, a fin de cuenta era su hermano.

Caspian entró en la biblioteca con un paso ligero, casi musical.

—Hermano, te traje algo para los nervios —dijo Caspian, extendiendo una pequeña petaca de plata—. Es un extracto de raíz de luna, preparado por los mejores alquimistas del sur. Te ayudará a dormir después de tanto drama con los ancianos y sus lunas de azúcar.

Valerius tomó la petaca. Su confianza en Caspian era absoluta, una debilidad que su hermano conocía bien. Bebió el contenido de un trago, sin notar el sabor metálico que se escondía bajo el dulzor de la raíz.

—Gracias, Caspian —le dijo Valerius luego de beber un largo sorbo y devolviéndole el recipiente—. Mañana enviaremos un mensaje a las manadas del sur. Estas del norte son inútiles para mis planes.

—Mañana será un día que ninguno de nosotros olvidará, Valerius —contestó Caspian, desplegando una sonrisa que se ensanchó en su rostro.

En ese preciso momento, Valerius sintió un pinchazo en la nuca, un punto de calor que se extendió por su cuello. De repente, su visión se tornó borrosa, las estanterías de libros parecieron derretirse en las sombras. Se tambaleó y cayó en un sillón. Intentó levantarse, pero sus piernas se sintieron pesadas como si fueran de plomo. Lo que le dio Caspian, no era un relajante, era algo que estaba despertando un hambre primitiva, una sed que le quemaba la garganta. Su corazón comenzó a latir con una fuerza que le golpeó las costillas, un tambor de guerra en su propio pecho.

—¿Qué… qué es esto, Caspian? —preguntó Valerius, el tono de su voz salió distorsionada, más parecida a un rugido que a una palabra humana.

Caspian lo miró.

—No sé a qué te refieres hermano, solo te dí la bebida, es inofensiva, seguro se mezcló con algo que tal vez tomaste en el salón y te hizo mal —dijo con voz pauada.

Se acercó a su hermano y, con una rapidez aterradora, pero bien disimulada, sacó una aguja delgada de su manga. Antes de que Valerius pudiera procesar la traición, la aguja penetró la piel de su cuello, inyectando un suero oscuro directamente en su torrente sanguíneo.

Valerius soltó un rugido que se apagó en su garganta, sus manos se cerraron sobre el borde del escritorio con tal fuerza que la madera crujió. Sus ojos se tornaron de un ámbar brillante que iluminó la penumbra de la biblioteca. Un frenesí oscuro se apoderó de su mente, borrando cada rastro de razón. Ya no era el Alfa Valerius; era una bestia que solo respondía al instinto más básico de posesión. El dolor y la rabia se mezclaron en su interior, creando una tormenta que buscaba desesperadamente una salida.

Caspian lo sujetó del brazo, guiando sus pasos erráticos hacia la habitación donde Sia esperaba, temblando de pánico.

—Necesitas relajarte hermano, ven te llevo a tu habitación, descansa —le dijo mientras lo guiaba—. Lo necesitas —agregó Caspian en un susurro al oído de la bestia—. Olvida el tiempo perdido hoy, ya tendrás tiempo de reclamar lo que te pertenece por derecho de sangre. Ya verás que lo mejor es olvidar el orgullo, al final solo queda el hambre.

Valerius no prestó atención a las palabras de su hermano. Caspian abrió la puerta y empujó a Valerius al interior con un golpe violento. Luego, agarró a Sia, que estaba cerca de la entrada intentando escuchar el caos exterior, y la lanzó con fuerza hacia el fondo del cuarto, contra los postes de la cama de caoba.

—Dissfruta, hermano, después de todo mereces una recompensa por un día más perdido —le dijo con sarcasmo,

—¡No! ¡Por favor, aléjese! —gritó Sia. Su voz se llenó de un terror puro al ver la silueta imponente de Valerius.

Valerius no la veía a ella. No veía a la chica del vestido gris. Percibía un aroma, veía una presa, una necesidad que le quemaba las entrañas. Sus manos se cerraron en puños y avanzó hacia ella con la respiración pesada, dejando escapar un sonido animal que llenó todo el espacio de la habitación. 

Sia se encogió contra las mantas, temblando de pies a cabeza, sintiendo cómo el frío del miedo le paralizaba los pulmones. Al notar que el hombre frente a ella ya no tenía rastro de humanidad en su mirada, Sia supo que el abismo la estaba reclamando.

Caspian cerró la puerta con llave desde fuera. El sonido metálico del cerrojo resonó en el cuarto. Sia apretó las mantas contra su pecho, con los ojos bien abiertos, viendo cómo la sombra de Valerius se cernía sobre ella, ocultando la poca luz de la luna, convirtiéndose en el verdugo de su inocencia en la más profunda oscuridad.

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