El brillo azul eléctrico de los ojos de Sia rompió el conjuro que congelaba la lluvia en el puente de mando. El agua de mar recobró su dinamismo con un azote violento, golpeando las maderas del barco renegado y obligando a los soldados imperiales de la proa a retroceder de golpe. Valerius sintió cómo el lazo definitivo, que un segundo antes parecía una cuerda floja y debilitada, se tensaba con la fuerza de un cable de acero al rojo vivo. La presión no descendía de su propio cuerpo imponente, si