El filo del cuchillo presionó la piel de Valerius, extrayendo una gota de sangre que resbaló por su laringe hasta perderse en el vello de su pecho. El Alfa no ejecutó ningún movimiento defensivo. La inversión del lazo definitivo enviaba ráfagas de energía que entumecían sus extremidades, obligando a su lobo Fenris a replegarse ante la soberbia que emanaba de la mirada azul de Sia. Los soldados imperiales y los lobos renegados observaron desde sus respectivas posiciones cómo el temido verdugo de