La puerta de hierro se cerró con un estruendo que retumbó en las paredes cubiertas de salitre. El eco del golpe viajó por el pasillo húmedo, alejándose hacia las profundidades donde la luz de las antorchas no llegaba. Valerius soltó el cuello del vestido de Sia con una brusquedad que la hizo tambalearse hacia el centro de la celda. El aire allí abajo era denso, cargado de un olor a moho, orina vieja y el rastro metálico de la sangre que nunca terminaba de secarse en las cadenas oxidadas. Sia re