El resplandor duró apenas unos segundos, pero en la penumbra del salón, fue como una señal de socorro que iluminó la oscuridad. El guardia, un hombre joven de ojos crueles y sedientos de reconocimiento, se acercó a Sia con paso rápido. Ella intentó cubrirse el vientre con las manos, pero el temblor de su cuerpo era tan evidente que solo atrajo más atención hacia su figura diminuta.
—Tú —dijo el guardia, agarrando a Sia por el hombro con una mano pesada y obligándola a levantarse frente a todos—.