—No —respondió Valerius. Se metió la mano en la parte trasera del cinturón y sacó un objeto envuelto en cuero oscuro—. No vas a pasar porque no vas a ir sola. Si vas a buscar a esa mujer, lo harás como lo que eres, no como una fugitiva que corre hacia su propia muerte.
Le tendió el objeto. Sia, confundida y con el corazón martilleando contra sus costillas, lo tomó y deshizo el envoltorio con dedos temblorosos. En sus manos apareció una daga cuya hoja no era de metal pulido. Estaba hecha de un m