El fuego azul no quemaba la piel de forma inmediata; devoraba el sentido de la realidad. Las llamas se alzaron como muros de cristal líquido, rodeando a Valerius y Sia en un círculo que se cerraba con una velocidad sobrenatural. El aire se volvió pesado, cargado con un olor metálico que hizo que Valerius retrocediera un paso, protegiendo a la pequeña mujer con su propio cuerpo. Sus ojos buscaron una salida entre el resplandor violáceo, pero el bosque había desaparecido tras una cortina de luz e