17. Adicto a ella
Bajé la cabeza de inmediato, evitando su mirada como si de eso dependiera mi vida.
—Sí… estoy bien —murmuré, sintiendo cómo la voz me temblaba.
Alejandro se acercó un paso. Luego otro. Y otro más. Su sombra me cubrió por completo, y mi respiración se volvió inestable. Extendió la mano, intentando ver la mía, la que aún sostenía el hielo, pero por puro instinto la aparté de golpe.
Su mandíbula se tensó. Gruñó.
—Victoria —pronunció mi nombre como una advertencia, con esa mezcla de orden y amenaza