15. Tú eres mía
Sus dedos rozaron el borde de la máscara, y por un segundo creí que lo haría. Que se quitaría esa maldita máscara y me permitiría ver el rostro del hombre que me había marcado de por vida. El rostro del que, en lo más profundo de mi alma, sospechaba que podía ser el padre de mis hijos.
Pero no lo hizo.
Su mano tembló apenas y entonces, su voz, esa voz que me envolvía como una bruma venenosa, habló:
—No, muñequita —dijo con una sonrisa torcida que pude sentir, aunque no verla del todo—. Si me ve