16. Preocupación
El sol apenas había salido cuando dejé a los niños en la guardería. Me incliné, les di un beso en la frente a cada uno y les susurré que los amaba más que a nada en el mundo. Sus manitas se aferraron a mí con fuerza por un segundo, y sentí ese tirón en el pecho… ese instinto que me decía que los protegiera, que no los dejara. Pero no podía quedarme. Necesitaba ese trabajo. Necesitaba ese sueldo para mantenerlos .
Salí corriendo casi sin mirar atrás.
—¡Taxi! —grité, alzando la mano como una loca