14. Su debilidad y Castigo
Apenas crucé el umbral, su mirada se clavó en mí como una llama antigua que nunca se había apagado. Sentí que el aire se espesaba, que las paredes se cerraban lentamente sobre nosotros. Él dio un último sorbo a su copa y, con una leve inclinación de cabeza, habló con voz firme:
—Déjennos solos.
Los guardaespaldas no dudaron. Uno a uno salieron en silencio, como sombras obedientes, cerrando la puerta tras de sí. El sonido del seguro al encajarse me heló la sangre.
Ahora estábamos solos.
Él dejó