124. Acuérdate de esto
Él dio otro paso inclinándose más, estaba lo bastante cerca como para que ella sintiera el calor que irradiaba su cuerpo.
—Tus pezones están duros, tu respiración está acelerada. Y entre tus muslos... —bajó la mirada sin disimulo, descarado—. Huele a ti, a deseo. Admítelo, me quieres aunque te odies por ello.
Lana apretó los muslos instintivamente, mortificada al darse cuenta de que tenía razón.
Estaba húmeda.
Dolorosamente húmeda.
—¡No digas locuras! —gritó pero sonó débil, rota.
Ella tenía qu