—Lina, tu teléfono —escucho hablar a Sole, mientras me zarandea para despertarme.
—¿Qué? ¿Qué hora es? —pregunté desorientada.
—Son las tres de la tarde. Dormiste todo el día.
—¿A qué hora llegaste? —índago conforme froto mis ojos.
—Hace un ratito. ¿Puedes atender el teléfono, que no deja de sonar?
Observa la pantalla y diviso que es Alex, así que solo lo apago, dejándolo en la mesita de noche; haciendo caso omiso a la mirada ceñuda de Sole, me doy vuelta y sigo durmiendo.
Un par de horas despu