Tenía en frente de su rostro el hocico de un tiburón blanco, del cagazo que se pegó, y por instinto, se fue para atrás y abrió la boca, dejando escapar la boquilla del oxígeno; se la vuelve a colocar y luego me mira, y si las miradas mataran, la de él me hubiera matado unas tres veces, mínimo. Pero nadie me va a quitar la cara de horror que puso; estoy muriendo de risa por dentro. Sé que quiere decirme un montón de cosas, y ninguna buena, así que le señaló el teléfono para que escriba.
Él—: Put