Al día siguiente me —despierto, de a poco abro los ojos y veo cómo estamos durmiendo, los dos abrazados y las piernas entrelazadas; observo su rostro tranquilo, es difícil de creer que ese rostro angelical esconda planes como lo que le hizo a Ian. Sonrío al recordar las cosas que hace como juego. Es una mujer única; mi madre tiene razón, con ella nunca me voy a aburrir.
—Deja de hacer eso —habla, somnolienta.
—Imposible —le digo, besándola.
—Me vas a echar el mal de ojo.
Me carcajeo, ¿qué mierd