—¡¿Cómo que no saben dónde está?! —grito de tal forma que mi garganta se queja.
—Señor...
—Es el deber de ustedes cuidarla; para eso les pago, ¡carajo! —seguía gritando, sentía que mi pecho se cerraba y mi cabeza empezaba a cavilar las peores cosas.
—Ella salió por atrás, creemos que se fue con el auto de la señorita Moreno —explica uno de ellos; Juro que tengo muchas ganas de saltar por encima del escritorio y molestarlo a golpes.
—¿Cómo que creen? ¿Dónde está el auto de Soledad? —grazno de nu